lunes, 30 de mayo de 2011

Lecturas Lunes 30 Mayo 2011

Lunes 30 Mayo 2011
Lunes de la VI Semana de Pascua

San Fernando III



Leer el comentario del Evangelio por
San Ireneo de Lyon : «Yo le pediré al Padre que os de otro Defensor, el Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16)

Lecturas

Hechos 16,11-15.

Nos embarcamos en Tróade y fuimos derecho a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis.
De allí fuimos a Filipos, ciudad importante de esta región de Macedonia y colonia romana. Pasamos algunos días en esta ciudad,
y el sábado nos dirigimos a las afueras de la misma, a un lugar que estaba a orillas del río, donde se acostumbraba a hacer oración. Nos sentamos y dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí.
Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. El Señor le tocó el corazón para que aceptara las palabras de Pablo.
Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: "Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a alojarse en mi casa"; y nos obligó a hacerlo.


Salmo 149(148),1-2.3-4.5-6a.9b.

¡Aleluya! Canten al Señor un canto nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que Israel se alegre por su Creador y los hijos de Sión se regocijen por su Rey.
Celebran su Nombre con danzas, cántenle con el tambor y la cítara,
porque el Señor tiene predilección por su pueblo y corona con el triunfo a los humildes.

Que los fieles se alegren por su gloria y canten jubilosos en sus fiestas.
Glorifiquen a Dios con sus gargantas y empuñen la espada de dos filos:
Así se les aplicará la sentencia dictada: esta es la victoria de todos tus fieles. ¡Aleluya!


Juan 15,26-27.16,1-4.

Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Les he dicho esto para que no se escandalicen.
Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios.
Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes.


Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.



Leer el comentario del Evangelio por

San Ireneo de Lyon (v. 130-v. 208), obispo, teólogo y mártir
Contra las Herejías, libro III- 17, 1-2

«Yo le pediré al Padre que os de otro Defensor, el Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16)

El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de
Dios hecho Hijo del Hombre (Mt 3,16), para acostumbrarse a habitar con él
en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de
Dios, obrando en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de hombre viejo
a nuevo en Cristo. Este Espíritu es el que David pidió para el
género humano, diciendo: «Confírmame en el Espíritu generoso» (Sal
51[50],14). De él mismo dice Lucas (Hch 2), que descendió en Pentecostés
sobre los Apóstoles, con potestad sobre todas las naciones para conducirlas
a la vida y hacerles comprender el Nuevo Testamento: por eso, provenientes
de todas las lenguas alababan a Dios, pues el Espíritu reunía en una sola
unidad las tribus distantes, y ofrecía al Padre las primicias de todas las
naciones. Para ello el Señor prometió que enviaría al Paráclito que
nos acercase a Dios (Jn 15,26; 16,7). Pues, así como del trigo seco no
puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan, sin algo de humedad, así
tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús ( 1
Co 10,17), sin el agua que proviene del cielo. Y así como si el agua no
cae, la tierra árida no fructifica, así tampoco nosotros, siendo un leño
seco, nunca daríamos fruto para la vida, si no se nos enviase de los cielos
la lluvia gratuita. Pues nuestros cuerpos recibieron la unidad por medio de
la purificación (bautismal) para la incorrupción; y las almas la recibieron
por el Espíritu. Por eso una y otro fueron necesarios, pues ambos nos
llevan a la vida de Dios.

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