miércoles, 15 de mayo de 2013

Lecturas jueves 16 Mayo 2013


jueves 16 Mayo 2013
Jueves de la séptima semana de Pascua

San Nimatullah Al – Hardini



Leer el comentario del Evangelio por
Beato Juan Pablo II : “...Para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado...”

Lecturas

Hechos 22,30.23,6-11.


Al día siguiente hizo soltar a Pablo. Quería conocer con certeza cuáles eran los cargos que los ju díos tenían contra él, y mandó que se reunieran los jefes de los sacerdotes y todo el Consejo que llaman Sanedrín. Después hizo bajar a Pablo para que compareciera ante ellos.
Pablo sabía que una parte de ellos eran saduceos y la otra fari seos. Así que declaró en medio del Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo e hijo de fariseos. Y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza, a causa de la resurrección de los muertos.»
Apenas hizo esta declaración, se originó una gran discusión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió.
Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritu, mientras que los fariseos admiten todo eso.
Se armó, pues, un enorme griterío. Algunos maestros de la Ley que eran del partido de los fariseos se pusieron en pie, afirmando: «Nosotros no hallamos nada malo en este hombre. Tal vez le haya hablado un espíritu o un ángel.»
La discusión se hizo tan violenta que el capitán tuvo miedo de que despedazaran a Pablo. Ordenó, entonces, que vinieran los soldados, sacaran a Pablo de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza.
Aquella misma noche el Señor se acercó a Pablo y le dijo: «¡Animo! Así como has dado testimonio de mí aquí en Jerusalén, tendrás que darlo también en Roma.»


Salmo 16(15),1-2a.5.7-8.9-10.11.


Guárdame, oh Dios, pues me refugio en ti. Yo le he dicho: «Tú eres mi Señor, no hay dicha para mí fuera de ti.
El Señor es la herencia que me toca y mi buena suerte: ¡guárdame mi parte!
Yo bendigo al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye mi conciencia.

Ante mí tengo siempre al Señor, porque está a mi derecha jamás vacilaré.
Por eso está alegre mi corazón, mis sentidos rebosan de júbilo y aún mi carne descansa segura:
pues tú no darás mi alma a la muerte, ni dejarás que se pudra tu amigo.
Me enseñarás la senda de la vida, gozos y plenitud en tu presencia, delicias para siempre a tu derecha.



Juan 17,20-26.


No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra.
Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno:
yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí.
Padre, ya que me los has dado, quiero que estén conmigo donde yo estoy y que contemplen la Gloria que tú ya me das, porque me amabas antes que comenzara el mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía, y éstos a su vez han conocido que tú me has enviado.
Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en ellos.»


Extraído de la Biblia Latinoamericana.



Leer el comentario del Evangelio por

Beato Juan Pablo II (1920-2005), papa
Encíclica “Ut unum sint”, 22-23 (trad. copyright © Librería Editrice Vaticana)

“...Para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado...”

En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde sin
duda a la oración común... Si los cristianos, a pesar de sus divisiones,
saben unirse cada vez más en oración común en torno a Cristo, crecerá en
ellos la conciencia de que es menos lo que los divide que lo que los une.
Si se encuentran más frecuente y asiduamente delante de Cristo en la
oración, hallarán fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana realidad
de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en aquella comunidad de la
Iglesia que Cristo forma incesantemente en el Espíritu Santo, a pesar de
todas las debilidades y limitaciones humanas. En suma, la comunión de
oración lleva a mirar con ojos nuevos a la Iglesia y al cristianismo. En
efecto, no se debe olvidar que el Señor pidió al Padre la unidad de sus
discípulos, para que ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese
creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se puede decir que el
movimiento ecuménico haya partido en cierto sentido de la experiencia
negativa de quienes, anunciando el único Evangelio, se referían cada uno a
su propia Iglesia o Comunidad eclesial; una contradicción que no podía
pasar desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación y encontraba
en ello un obstáculo a la acogida del anuncio evangélico. Lamentablemente
este grave impedimento no está superado. Es cierto, no estamos todavía en
plena comunión. Sin embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos
recorriendo el camino hacia la unidad plena, aquella unidad que
caracterizaba a la Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros
buscamos sinceramente: prueba de esto es nuestra oración común, animada por
la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de Cristo que es Uno. El es
nuestra unidad.

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